sábado, enero 15, 2005

De espadas y cuchillos





Si en EEUU impera la ley del revólver, en Japón reina su majestad el cuchillo. No hay delito de sangre que no involucre al escalofriante filo del acero.

Está siempre presente en delitos de menor y mayor cuantía.

Es un cuchillo de cocina el que porta el ladronzuelo de gafas oscuras y gorro de béisbol que desvalija la caja registradora de un "kombinis" (mini market) y es un cuchillo o una navaja lo que aparece en cualquier venganza, en cualquier odio, o en cualquier reyerta de bar o de esquina.

En los crimenes pasionales, es fácil rastrear a la víctima y al verdugo por el rastro de sangre que deja el cuchillo; del asesino que huye o del moribundo que agoniza.

Si en las series de televisión y en las películas estadounidense se da protagonismo a los tiroteos, en Japón se le da a las estocadas, a las puñaladas o a los cruce de espadas. Del ninja que se esfuma con el humo de la pólvera que detona justo cuando va a ser capturado o del samurai que, con los ojos cerrados, deguella a esa docena de enemigos que lo cercan.

Aunque el uso de la espada fue prohibida hace más de 150 años, con las reformas del emperador Meiji, que despojó al samurai de sus goyerías y privilegios, el espectro de la espada permanece sin embargo en el inconsciente colectivo.

En cierta oportunidad, en Nagoya, fui testigo de un conflicto hogareño que involucró al noble cuchillo con el que se pica la cebolla y se pelan las papas.

Vivía a la espalda de un tintorería, cuyo propietario era un tal Matsumoto, un hombre sesentón, de hoscos modales y de beodo hábitos nocturnos. Mi ventana y su balcón se daban de narices, apenas unos cuatro metros los separaba.

Ya era habitual en el vecindario las destempladas peleas con su mujer. En esas trifulcas rodaban muebles y los platos se hacían trizas en las paredes. Pero, esa noche fue distinto. El señor Matsumoto estaba fuera de sí. Perseguía a su mujer armado de un cuchillo de cocina. La esposa, en su huída, había llegado al balcón protegida por sus dos hijos, un chico de veinte años y una chica de unos dieciocho.

Fue impresionante ver como el desquiciado señor Matsumoto intentaba cocer a puñaladas a su quejosa consorte, quien daba de alaridos cada vez que su marido trataba de colar el cuchillo que portaba entre los cuerpos que se interponían de sus hijos.

Al rato llegó la policía. Un desvelado vecino los había convocado harto de no poder conciliar el sueño por semejante escándalo. El policía más veterano medió entre ambos. Sólo cuando al señor Matsumoto se le disipó la borrachera recuperó la cordura. Cuando todo se apaciguó se fueron. No hubo arrestos. En peleas domésticas, de marido y mujer, la policía no se mete, aunque la legislación ya está cambiando.

Pero, cuando la sangre llega al río, los criminales suelen desaparecer el arma del delito arrojandolo a los canales o a los ríos que cruzan un poblado o una ciudad. Cuando alguien ha sido acuchillado y cerca de allí hay un río, lo primero que hace la policía es buscar en sus aguas la prueba del delito.

De alguna manera, la televisión, el cine, los videos juegos, las mangas, las novelas de toda índole, en fin, los libros de historia, todo, todo lo que forma el bagaje cultural de un pueblo, preserva el filo de la espada de un país que ha hecho célebre en el mundo el ritual del seppuku o harakiri, el suicidio con honor.

Así es. Mientras los yankis todavía reparan sus controversias como en el lejano oeste, a punta de tiros, los japoneses no dudan en meter una cuchillada cada vez que se enojan. Y es que aquí el filo del acero aún no pierde su encanto.





1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola, tengo familia alla, en Shizuka, y es verdad, cuando hay problemas familiares , nadie se mete, ni la policia......
Tubo que llamar u ndesdichado, señor que no podia pegar los ojos para dormir =9.
Estuvo interesante tu post ... BYE!!