martes, noviembre 30, 2004

Robert, el coleccionista

Crónica de un peruano indocumentado



Aunque se llama Roberto, Roberto ha habituado a los amigos a que lo llamen Robert, al modo anglosajón, y Robert tiene la nariz incásica, los cabellos negrísimos, engominados y peinados hacia atrás.

Suele usar camisas escandalosamente llamativas que parecen tejidas con hilos de neón, lleva además un reluciente arete en la oreja con una piedra incrustada, un collar de oro de dieciocho kilates, además de un cóndor tatuado en el antebrazo derecho.

De piel acholada y mirada de cautivador de serpientes, el tal Robert pasa por el típico latin lover en los salsódromos de Roppongi en Tokio.

Durante la semana, los días de Robert discurren lavando y preparando en una olla industrial kilos y kilos de arroz. Esa es su labor desde las doce de la noche hasta las nueve de la mañana.

Su empresa se dedica a la preparación de "obentos", comida rápida que se expende en las tiendas de conveniencia como 7Eleven, Family Mart, AM PM o Circle K.

Es una labor monótona, aburrida. Mientras las ollas humean, Robert practica nuevos pasos en su sitio que le evita la aparición de las temibles varices. Ya tiene algunas venitas verdosas y algo inflamadas bajo los tobillos.

Ha leído, en alguna parte (posiblemente en la revista Gisella que circula en las tiendas latinas de Japón) que caminar es el mejor antídoto contra las varices que se ensañan sobre todo con las personas que permanecen de pie, en el mismo sitio, horas y horas.

Hasta hace unos cuatro años, Robert era Roberto y conocía más de huainos y aires andinos que de música o de bailes afrocaribeñoslatinoamericanos. Su amigo del alma, Anatolio Paúcar, le cambió la vida cuando lo llevó de juerga un viernes por la noche a Salsa Sudada, un concurrido salsódromo de Tokio.

En aquel entonces, La Vida es un Carnaval en la voz de doña Celia Cruz, estaba de moda. Robert y Anatolio habían llegado a Roppongi a la hora del chongo y el frenesí, es decir, después de la medianoche, cuando los verdaderos amantes del ritmo sabroso deciden amanecerse bailando salsa ante la imposibilidad de abordar un tren que sólo circula hasta las doce de la noche o de pagar el carísimo servicio nocturno de un taxi.

Robert recuerda que sacó a bailar a una chica japonesa que se había disfrazado para la ocasión. Vestía una blusa de seda con motivos de cesta de frutas, era un atavío ceñido, además de una falda lunareja y unos zapatos de cuero, de taco no muy elevado adquirido en La Habana. Se había amarrado los cabellos con una vincha.

A los pocos minutos, Keiko, así dijo llamarse la chica, le preguntó a Roberto al verlo bailar como un epiléptico si en verdad él era latinoamericano.

¡Porsupuesto!, respondió Roberto ofendido, ¿por qué lo preguntas? Porque -le dijo la muchacha- estás bailando cualquier cosa menos salsa.

Keiko tenía el estereotipo de que los latinos, sin excepción, sabían bailar salsa, ese mismo estereotipo que nos induce a pensar a nosotros, los latinos, que todos los chinos saben kung fu y los japoneses karate. Un disparate.

Herido en su amor propio, Roberto y su lastimado orgullo, optaron por revertir esa situación aprendiendo a bailar salsa, pero salsa de la firme. No la que se bailaba en Lima sino en Nueva York, que según su amigote Anatolio Páucar era más chévere y elegante.

Bailando de la mano y de la cintura de Páucar, Roberto aprendió a bailar salsa y mientras se esmeraba en sintonizar con el ritmo con un pasito pa'delante y otro pa'trás, fue cambiando de indumentaria, de zapatos y de look hasta parecerse en la forma de vestir, caminar y mirar a Joe Rivera, ¡azúcar!.

Si hasta entonces su vida en Japón era plana, aburrida y monótona, entre la fábrica y el microscópico apartamento que ocupaba a quince minutos en bicicleta de la estación de Omiya, la incursión a ese salsódromo de Tokio le dio un vuelco a su discreta existencia.

Pronto, su colección de cassettes de huaynos de la Princesita de Yungay, de la Pastorita Huaracina, del Indio Mayta o el lamento ayacuchano en la guitarra de Jaime Guardia sería desbordado por los más insignes cantantes y las orquestas de música salsa.

Tenía de todo en su nueva colección tropical, desde los CDs de Pérez Prado, los hits de Ismael Miranda, Juan Luis Guerra, la India, Rubén Blades con su clásico Pedro Navaja, hasta la desaparecida Orquesta La Luz.

Lo de Robert fue porque, en una de esas noches de salsa, en Roppongi, te topaste con un infante de marina de origen latino que servía en la armada estadounidense en la base de Fusa. Estabas pasado en copas cuando te pisó un callo mientras danzabas en la poblada pista de baile.

Te salió un "ay, carajo" del alma y tu primera reacción fue darle un manotazo sin ver de quién se trataba. Cuando levantaste la mirada te encontraste con un cholo como tú, pero alto, muy alto, de unos noventaicinco kilos de peso y con el pelo rapado. Parecía el ropero de tu abuela Jacinta.

Pero no te chupaste y lo retaste disparándole una ráfaga de lisuras e insultos que el enorme soldado chicano lo único que hizo al verte fue sonreirte para devolverte un amable, "Sorry, I dont speak spanish".

Fue entonces que supiste que el ropero ese se llamaba casi igual que tú, no Roberto sino Robert, que sonaba de veras muy lindo en voz de ese ramillete de aeromozas australianas con las que ese soldado había acudido al salsódromo.

Desde esa noche, Roberto decidió suprimir la última "o" de su nombre. Así sonaría más bacán. Si en la fábrica eras un oscuro operario sometido al mal humor de la jefa de planta, los viernes y sábados por la noche eras el rey de las amanecidas.

Gracias al chicano que te aplastó el callo descubriste que tu concepto de belleza era pobre y errado, que tu complejo de inferioridad racial era absurdo y necio, sino cómo podías explicar por qué eras tan popular no sólo entre las muchachas japonesas de cutis de seda sino también entre las rusas, las eslovacas, las ucranianas, las rumanas que eran tan blancas como la leche, rubias como el trigo y de ojos azules como el cielo, que al rozar tu piel y tus labios se volvían locas, locas por posesionarse de tu perfil vallejiano, de tu cetrina piel y tu porte andino que te daban una clásica belleza incásica.

Tú, que me confesaste que en Lima fuiste mozo de restaurante, vendedor de libros usados en el parque universitario y hasta cambista de dólares en Ocoña, asumías el cariño de las mujeres de Roppongi como una revancha frente al desprecio que recibiste de esas chicas blanquiñosas de San isidro, Miraflores y las Casuarinas que te veían como cualquier cosa, ni más ni menos como un asqueroso jardinero, un vulgar chofer de combi, un heladero de Donofrio, un gasfitero, un serenazgo o un salvavidas de la Guardia Civil, pero nunca como un igual ante el altar, Diós y la ley de los hombres.

Ahora, para ti, esas pituquitas limeñas son chancay de a medio, un remedo de mujer caucásica, en otras palabras, cholas blancas pintadas de rubio que en nada se comparan con las enormes hembras europeas con las que te has metido en la cama gracias a la salsa, sí señor.

-¿Qué? ¿No me crees? Yo no soy palero, mi hermano- me dice Robert.
-Te creo.

Es un jueves por la noche, mientras bebemos en su apartamento de soltero un pisco Biondi que nos acaba de llegar de Lima. Pero, claro, Robert no puede con su soberbia e insiste que no me miente. No te muevas, me dice, antes de dirigirse a su habitación y volver con una maleta de viaje que después de correr el cierre relámpago, provoca una catarata de bragas sobre la mesa.Bragas de todos los colores, tamaños y telas, algunas de seda, otras de algodón pero la mayoría de lycra. Son bragas que tienen forma de tanga, de vikini, de hilo dental, algunas tradicionales, clásicas y otras breves.

Robert se las lleva a la nariz, las huele y por el olor va sacando nombres, fechas y detalles: "este es de la rusa Olga -dice- y recuerdo que esa noche estaba resfriada. Este otro, agujereado, pertenecía a Helena, una muchacha griega a la que aloje en mi apartamento por una semana antes de hacerse amante de un iraní. Este otro, con bombachos, era de una colocha (colombiana) igualita pero igualita a la cantante Shakira, sólo Diós sabe los lomos que me he comido con la salsa. Vaya, vaya, este otro es Silvy, la francesa... en cambio, este calzón escuálido, de niña, es de Akemi, el primer sushi que probé en Japón.

-¿No quieres oler uno?- me pregunta Robert. Como no respondo, añade: Yo, choche, soy como el Cienciano del Cusco, comparto mis éxitos internacionales con todos los peruanos.

Así como unos coleccionan sellos postales, automóviles o aviones a escala, Robert distrae su estancia nipona coleccionando bragas. Esos breves trozos de tela son sus trofeos, el premio a su constancia seductora, el incentivo que anima esos treintaisiete años de edad cuyo peso ya se deja sentir.

-De verdad, ¿no quieres oler uno?- insiste Robert.
-Paso, compadre
-Choche, tienes que aprender salsa- me alienta.
-¡Salud!- brindo, chocando su vaso.
-¡Kampai!- me responde.

martes, noviembre 23, 2004

Cenicienta



Ella será la única princesa que al casarse se convertirá en Cenicienta. La única, cuya sangre azul transvasará en roja, cuando se case. Sayako es la última hija de los emperadores Akihito y Michiko. La que aparece solita en un rincón de las fotos palaciegas de Año Nuevo.

A los treintaicinco años de edad, Sayako se cansó de besar los sapos de los estanques de la Casa Imperial. Antes se volvían príncipes.

Ha tenido Sayako que ir más allá de los jardines y de los muros de palacio para besar a un plebeyo que jamás mutará en príncipe.

Yoshiki Kuroda es cuatro años mayor que Sayako, tiene treintainueve años de edad y es un asalariado que labora en el área de proyectos urbanos del Gobierno Metropolitano de Tokio. Ha declarado que le gusta la fotografía y los coches.

La culpa de que la princesa Nori no miya -su nombre oficial- no haya encontrado un mejor partido entre sus pares la tiene el general Douglas McArthur (1880-1970) el hombre de la pipa de coronta de choclo. Él fue quien le quitó a su difunto abuelo, el emperador Hiroito (1901-1989) su condición divina y lo bajó de los cielos luego de la capitulación nipona en la Segunda Guerra mundial.

McArthur cortó, suprimió y redujo al mínimo a la realeza nipona, dejando sólo a la familia imperial la cuota representativa de una monarquía condenada a diluirse en el torrente sanguíneo del pueblo japonés. Tal como ha ocurrido con el actual emperador Akihito y su primogénito, Naruhito, ambos casados con hijas del pueblo.

Desde el año entrante, una vez consumado el enlace, Sayako llevará la vida de cualquier ama de casa nipona. Irá de compras a los almacenes y a los supermercados, se movilizará en buses y trenes, llorará en los cines con las películas de amor y se echará un par de hamburguesas con sus cocacolas en cualquier establecimiento de comida rápida.

Del dinero no tendrá que ocuparse ni preocuparse. Cuando baje al llano y se mezcle con la plebe, recibirá un dinero estipulado por la ley que se calcula en un máximo de diez veces la mitad de la anualidad que le corresponde. Hoy esa anualidad equivale a unos 30,5 millones de yenes, unos 295, 000 dólares americanos.

Con ese dinero, Kuroda podría dejar de trabajar. Dedicarse a la fotografía o a la colección de coches a escala. Con ese dinero él podría secundar con sus fotos los estudios que Sayako realiza en una fundación ornitológica en Yamashina, Chiba, donde destaca como una experta en pájaros.

Los besos de las princesas japonesas se han devaluado. No convierte en príncipes a sapos ni plebeyos.


martes, noviembre 16, 2004

Sony




Sony no es sólo el nombre de una transnacional nipona sino también es el apodo de un proxeneta japonés que ha sido puesto en libertad después de permanecer catorce meses en la cárcel. Si le ves, parece de todo, menos un delincuente. No es muy alto, es de pocas carnes y su aspecto es el de una persona inofensiva. Estudió humanidades en la universidad. Si te lo presentaran y le estrecharas la mano, lo podrías confundir con un aplicado profesor de lengua extranjera.

Sony es en realidad Koichi Hagiwara, el eslabón de una cadena de tratantes de blancas que fue desbaratada por la policía hace un par de años. Él abastecía de chicas colombianas a los bares, los centros nocturnos y los sórdidos teatros de variedades sexuales que pululan en Tokio y en las ciudades del interior del país.

En los teatros de variedades sexuales, además de servir de comparsa, de practicar striptease o de bailar de una manera obscena y provocadora, las chicas eran obligadas a hacer el amor en el escenario, sobre una plataforma giratoria, a vista y morbo de todos, con una persona que surgía del público previo yan-ken-po.

Ni bien bajaban del avión eran conducidas ante su presencia. Porque antes de distribuir el producto, Sony había adquirido la costumbre de probar la mercadería.

Ya en su despacho, Sony les ordenaba quitarse la ropa. Las contemplaba como un comprador de potrancas. Las fotografiaba por los cuatros lados, les hacía algunas preguntas de rigor (estudió español) y sólo entonces daba rienda suelta a su puto oficio.

Para las que se resistían o se echaban para atrás, Sony tenía un par de gorilas colombianos. Ellos se encargaban de amansar las yeguas chúcaras. Si eran obstinadas las amenazaban con asesinar, allá en Colombia, a padres, hermanos, primos, hijos, tíos o a cuanta parentela tuvieran.

Hay de las mujeres que llegaron sabiendo a qué venían. Hay de las que sabiendo a que venían se amilanaron. Hay de las ingenuas que viajaron a Japón convencidas de que su trabajo consistiría en servir copas y encender cigarrillos a los clientes. De las ingenuas y de las que no tuvieron riñones para soplarse a diez clientes por noche, surgieron las denuncias contra Sony y su banda.

Personas que conocen a Sony lo han visto en Yokohama, cerca de la estación de Sakuraguicho, en cuyas inmediaciones funciona una célebre callecita plantada de pequeños cubículos donde numerosas extranjeras se prostituyen disfrazadas de enfermeras, mucamas, maestras, secretarias o de estudiantes de secundaria, de falda y blusa marinera.

Japón, que no tiene leyes complejas contra la prostitución ni la trata de blancas, condenó a Sony por otros delitos: violación de las leyes de inmigración y de trabajo. En todo caso, las pruebas presentadas por la embajada colombiana durante el juicio dieron a los magistrados nipones la visión de un problema complejo y a la vez dramático: mujeres traficadas y prostituidas a la fuerza.

Con Sony también cayeron los hermanos Beatriz Helena y Jorge Humberto Narváez. Ellos fueron deportados, juzgados y condenados en Colombia a 15 años de prisión. Beatriz, que vivía con un pie en Japón y el otro en Colombia, se encargaba de enrolar a las chicas, mientras que Jorge Humberto, en Tokio, de persuadirlas.

La extorsión, el chantaje económico era otra forma de avasallar a sus víctimas. Por el sólo hecho de viajar a Japón por un trabajo, debían cinco millones de yenes, unos 47, 500 dólares americanos. Todos los pretextos cabían en la bolsa de la deuda: trámites administrativos, el valor de los pasajes aéreos, el costo de la vivienda, la alimentación, el pago de servicios domésticos o cualquier otra cosa que se les ocurriera.

Si en los plazos convenidos, no amortizaban sus deudas, se les penalizaba. Eso quiere decir que de una quincena a otra o de un mes a otro, la deuda, lejos de disminuir, aumentaba de una manera astronómica.

En ese mercado, las chicas y sus deudas eran compradas o vendidas a otros mafiosos. Así pasaban de una mano severa a otra más despiadada. Un laberinto que ya ni tenía puerta de entrada ni de salida.

En todo caso, el consulado colombiano en Tokio, las ONG que luchan en Japón contra ese vil negocio tendrán, con el retorno de Koichi Hagiwara, más sobresaltos. Ya están advertidas. Sony está en libertad.

viernes, noviembre 12, 2004

Mi amigo Suzuki



Aunque la cancillería nipona hace oídos sordos a la extradición de Alberto Fujimori y busca los tres pies al gato en los expedientes enviados por las autoridades peruanas, sus tribunales no se casan con nadie a la hora de juzgar y sentenciar al que roba un banco como al que lo funda.

El ex diputado Muneo Suzuki del gubernamental Partido Liberal Democrático, PDL, fue hallado culpable de recibir sobornos, ocultar donaciones a sus partidarios y cometer perjurio en el parlamento. El Tribunal de Tokio lo sentenció a dos años de cárcel y al pago de una multa de 11 millones de yenes, unos 103 mil dólares americanos.

El proceso contra el amigo corrupto de Fujimori comenzó hace dos años. Suzuki, quien no ha ocultado su amistad con el ex presidente peruano, fue honrado por Fujimori en 1998 con la orden Sol del Perú, la máxima condecoración peruana. Se le otorgó por su valioso esfuerzo en aras de las relaciones entre ambos países.

Cuando Fujimori decidió auto exiliarse después de renunciar, vía fax, a la presidencia, Suzuki estuvo entre las personalidades políticas que lo recibieron con beneplácito a finales del año 2000.

Desde el 5 de noviembre, Suzuki, de 56 años de edad, comparte su celda con otros presos comunes. Carece de privilegios. Su influencia o poder de nada le sirve porque en los penales japoneses no hay jaulas doradas.

Tendrá Suzuki que seguir la rutina implacable y severa de un presidio que lleva un régimen de cuartel, donde las ordenes se obedecen sin dudas ni murmuraciones.

Ya lo dicen las ONG y los organismos de derechos humanos. Una cárcel japonesa no es un lugar de cómoda y agradable estancia. El preso está allí para purgar su deuda con la sociedad. Por lo tanto, lleva una vida áspera, rutinaria con horarios, deberes y obligaciones inflexibles.

En el presidio, Suzuki no tiene nombre. Se le identifica con un número. A ese número tiene que responder cuando lo nombran o lo convocan.

En Japón la justicia se muestra como un poder independiente. Si hay indicios de delito y pruebas irrefutables, va a la cárcel por igual el obrero, el empleado o el presidente de una empresa que asesina, roba, estafa o desfalca. Suzuki es un botón de muestra de un sistema de justicia que ni se amilana ni se arrodilla.

Al menos, la justicia nipona se cuida y no se ha visto involucrada en casos de impunidad escandalosa como en otras latitudes.

En síntesis, el caso Fujimori y su extradición
es una buena ocasión para comprobar el grado de independencia e imparcialidad de la justicia nipona. Por mucho menos, su amigo Suzuki está tras las rejas.




martes, noviembre 09, 2004

Gato por liebre



Vivimos cultivando estereotipos. Una manera muy cómoda y ociosa de meter las generalidades en el estrecho saco de los prejuicios.

Se suele atribuir a razas y naciones virtudes y defectos que en realidad forman parte de una estructura de valores individuales antes que colectivos.

El anglosajón laborioso. El latinoamericano vago. La flema inglesa. El colombiano narco. El peruano ladrón. El argentino pedante. El alemán aguerrido. El francés romántico. El japonés honrado...

Basta echar un vistazo al diario Mainichi para echar abajo eso del japonés honrado. Leemos que en la localidad de Kurashiki, en Okayama, un comerciante daba gato por liebre, que es un decir, claro está.

A la carne de pollo importada de Brasil se le cambiada de bolsa, se le pegaba una etiqueta que indicaba que su procedencia era de Hiroshima. Venta segura. Sucede que para algunos japoneses -otro prejuicio- lo que viene del Tercer Mundo no es de calidad.

Según el Departamento de Agricultura y Silvicultura de Shikoku y Chugoku, el fraude se cometió desde el mes de agosto, delito que fue corroborado por los empleados de la carnicería.

Esquivan la ley.

El 1 de noviembre, día que entró en vigor la reformada Ley de Tránsito, Circulación de Vehículos a Motor y Seguridad Vial, la policía multó a 3.645 personas por conducir y hablar a la vez por el teléfono celular. Lo que antes toleraba ahora lo prohibe.

La policía tokiota organizó un circuito de vigilancia especial en 112 puntos de las principales carreteras del área metropolitana y se embolsó, por concepto de multas, no menos de 22 millones de yenes, unos 207,500 dólares.

Poto paga.

La mujer del César no sólo debe serlo sino parecerlo. Pero, a las adolescentes japoneses esas cosas no son tan importantes. Son prácticas. En Shibuya o en Shinjuku, "niñas" de quince, dieciséis y diecisiete años de edad se ofrecen a los "salaryman" y cambian su cuerpo por un Chanell, un Cartier, un Hermes
o por cualquier marca que suene a francés o a italiano. Total, poto paga.

También asesinan.

Aunque Japón posee una de las tasas más bajas de criminalidad, los asesinatos que se cometen son espantosos. Una niña que degolla a otra en una escuela. Un adolescente que coloca la cabeza cercenada de un niño en la entrada del colegio. O el desconocido que la víspera del nuevo año 2001 se mete en una vivienda de Setagaya y pasa por cuchillo a los cuatro componentes de una familia. Una orgía de sangre.

Hasta ahora no se sabe por qué los mató ni mucho menos por dónde anda el asesino.