Sobre habas (o)
En todas partes se cuecen habas.
En los transportes públicos hay un área de asientos reservados.
Los iconos de una mujer embarazada, de un hombre con muletas y de un anciano con bastón indican quienes son sus destinatarios.
Pero nadie hace caso, o muy pocos practican, por aquí, esa forma civilizada de la cortesía.
La masa que sube y se atropella en los pasillos de los trenes le importa un pito los ancianos, los escayolados o las gestantes. El asiento es una res, un antílope que hay que cazar a empellones.
Una vez allí, ocupando el lugar que no merece, la masa finge dormir, leer el periódico con tal de no perder el privilegio de la comodidad.
De pronto, alguien se para y cede el asiento a la pobre mujer que debe ir por su octavo mes de embarazo. Quien cede el asiento es otra mujer, anciana ella, con várices en los tobillos. Su gesto incomoda a todos aquellos que simulan dormir o leer el Mainichi shimbun o algún grueso volumen de manga.
En honor a la verdad, a veces, yo también finjo dormir.
Sí, pues, en todas partes se cuecen habas.
(o)Las disculpas del caso. Cinco meses después he hallado en la vieja agenda del 2006 -al pasar números y datos a la nueva del 2007- la clave para acceder a este blog. Aunque suena a cuento yo también quiero creerlo. Pienso tatuar la clave para no olvidarla. Busco la piel apropiada.