viernes, junio 08, 2007

Sensei








Yoko es mi sensei. Mi maestra. Suele enseñarme su idioma en un centro internacional.

Ella es una mujer paciente, afable y por lo general reservada.

Estudió idiomas en la universidad de Sofia de Tokio. Domina el inglés y el español. Después de graduarse se le ocurrió aprender francés y vivió una temporada en la Suiza francesa.

Luego , se caso. A los 41 años de edad vive dedicada a su esposo y a la crianza de sus tres hijas, la mayor adolescente.

Yoko ocupa sus horas libres de ama de casa enseñando inglés a niños en una academia y japonés a extranjeros en una aula municipal. El primero le reporta una remuneración, el segundo, que es un trabajo voluntario, la satisfacción de ayudar a los "gaijin" (extranjeros) a integrarse a la sociedad japonesa.

"Sensei", que es la palabra que nos ocupa, significa maestro (a). Se suele usar, como en el español, para designar no sólo a aquél que estudió pedagogía. Sensei puede ser un médico, un carpintero o cualquier otra persona que domina de forma cabal su profesión.

Yoko, sin embargo, me explicó su hondo significado a partir de los kanjis que lo forman, es decir de los ideogramas que los japoneses tomaron prestado del chino.

"Sen", me dijo Yoko, quiere decir primero o anterior y "Sei", nacer. Es decir, Sensei, literalmente hablando, es aquél que nació antes o primero. La composición de ambos kanjis encierra esa sencilla verdad. Quien nace antes o primero que nosotros es depositario de un conocimiento, de una información que ha de transmitir y compartir con los que le preceden.

En su sentido más amplio se puede sostener que maestro es el que nace primero al conocimiento

Yoko, quien es algunos años más joven, nació sin embargo primero al conocimiento al prepararse e instruirse debidamente para poder enseñar japonés a extranjeros como yo.






sábado, enero 27, 2007

En la Corte





La sala del tribunal para los delitos comunes es más pequeña.
Allí se ventilan hurtos, infracciones de tránsito y cualquier otra falta menor.
Como infringir la ley de inmigración y refugiados.
No requiere sino de la presencia de un sólo juez.
Los casos de homicidio y otros crimenes atroces demanda la presencia de tres jueces.

El juez, por su investidura, ocupa un gran sillón en el estrado principal. Es lo más suntuoso de la sala. Desde allí absuelve o condena.
No es un sillón cualquiera.
Uno que no sabe, sabe al ver aquel sillón que allí se sienta alguien importante.
Se trata de una butaca de respaldar elevado, mullido, cómodo. Parece de cuero.
Es algo así como el trono de la justicia.
Y la justicia no debe sufrir de almorranas. Las almorranas dan fallos arbitrarios, injustos.

Viste una toga negra el juez. Negra como el alma y la conducta de los muchos que allí llegan.
Para demostrar su inocencia o corroborar su culpabilidad.

Cuando su señoría ingresa a la sala todos se ponen de pie. Hasta el que no quiere.

Un renglón más abajo, hay un escribano que transcribe lo que dice el reo, lo que dice el abogado, lo que dice el fiscal y el juez que lo sentencia. En el llano, en los margenes de la sala se alinean, frente a frente, la mesa que ocupa el fiscal acusador y la mesa del abogado defensor.

Son mesas con folios y expedientes. Con papeles, muchos papeles.
La punta de papel del inmenso iceberg que ceba la burocracia jurídica. No lo digo pero lo pienso: el papel debe ser la partida de nacimiento de la civilización.

En el justo medio, y de cara al juez, está el banquillo del acusado.

Más allá de una baranda de madera, están las butacas reservadas para el público.

Detrás y por encima de esas butacas cuelga como único adorno un reloj de pared. La medida de la justicia no es el espacio sino el tiempo. Y el tiempo de la justicia discurre a otra velocidad. No es el mismo el que purga el sentenciado a cadena perpetua que el que espera la hora del patíbulo.

Japón ahorca a sus criminales.

(Francia los guillotinaba y Perú los fusilaba)

Después de media hora los descuelga para saber si están bien muertos.

Afuera, en el largo pasillo, una serie de puertas numeradas dan acceso a las distintas salas de audiencia. Cada una tiene una pizarra informativa donde aparece el horario de cada juicio, su duración, el nombre del juez, el tipo de delito y los nombres y todos los alias del acusado.

Cada sala tiene un panel luminoso cuya luz verde indica que dentro de ella se está ventilando un proceso. Para evitar interrupciones o distracciones inoportunas, un pequeño visor en la puerta permite ver quién y qué está ocurriendo en la sala sin necesidad de abrir la puerta.

Minutos más minutos menos, los juicios acaban con la misma puntualidad con la que llega a la estación el tren Yamanote Line o los buses metropolitanos.

El juicio empieza, obviamente, cuando aparece el protagonista: el acusado. Llega esposado y con una soga amarrada alrededor de la cintura. De ella tira uno de los dos policías que lo custodia. Costumbre arraigada que tiene la policía japonesa de trasladar, como si de una res se tratara, a los presuntos delincuentes. Como si no bastara con el moderno acero de las esposas.

El aire vulnerable, de desolación, de recogimiento de los que comenten delitos, sean avezados o primerizos, es el mismo. Ahora, el que allí entra esposado, amarrado y flanqueado por dos policías es un peruano ilegal, de 39 años, nacido en la sierra de Lima. Está acusado de violar la ley de inmigraciones e infringir la ley de tránsito, al manejar un coche sin licencia de conducir.

Le quitan la esposas, desanudan la soga que le rodea la cintura. El juez le dice que se acerque y él va hacia el banquillo de los acusados. El intérprete de la Corte media entre ambos.

"Puede permanecer callado si desea -le advierte el juez- porque debe saber que todo lo que usted diga en este tribunal puede ser usado en su beneficio o en su contra".

El proceso ha comenzado...

jueves, enero 11, 2007

Sobre habas (o)






En todas partes se cuecen habas.
En los transportes públicos hay un área de asientos reservados.
Los iconos de una mujer embarazada, de un hombre con muletas y de un anciano con bastón indican quienes son sus destinatarios.
Pero nadie hace caso, o muy pocos practican, por aquí, esa forma civilizada de la cortesía.
La masa que sube y se atropella en los pasillos de los trenes le importa un pito los ancianos, los escayolados o las gestantes. El asiento es una res, un antílope que hay que cazar a empellones.
Una vez allí, ocupando el lugar que no merece, la masa finge dormir, leer el periódico con tal de no perder el privilegio de la comodidad.
De pronto, alguien se para y cede el asiento a la pobre mujer que debe ir por su octavo mes de embarazo. Quien cede el asiento es otra mujer, anciana ella, con várices en los tobillos. Su gesto incomoda a todos aquellos que simulan dormir o leer el Mainichi shimbun o algún grueso volumen de manga.
En honor a la verdad, a veces, yo también finjo dormir.
Sí, pues, en todas partes se cuecen habas.




(o)Las disculpas del caso. Cinco meses después he hallado en la vieja agenda del 2006 -al pasar números y datos a la nueva del 2007- la clave para acceder a este blog. Aunque suena a cuento yo también quiero creerlo. Pienso tatuar la clave para no olvidarla. Busco la piel apropiada.

jueves, agosto 03, 2006

De la lona a la cumbre






Kohki Kameda, el chico prodigio del boxeo japonés -campeón nacional aficionado a los dieciséis y púgil profesional desde los diecisiete- había gritado a los cuatro puntos cardinales que sería campeón mundial antes de los 20 años de edad.

La noche del 2 de agosto, y con tan solo 19, alcanzó su sueño. Venció al venezolano Juan José Landaeta, campeón mundial minimosca de la AMB. Un triunfo, sin embargo, obtenido con malas artes.

Habituado a ganar a sus adversarios antes del quinto asalto, Kohki se topó esa noche con la horna de su zapato. El venezolano no fue pan comido. Fue un hueso que no pudo roer. Esa noche, Kohki se cayó desde lo más alto de su soberbia y besó la lona luego de recibir un zurdazo del estupendo Landaeta. Al final del combate el chico japonés acabó con una ceja rota, el labio sangrante, el pómulo derecho inflamado y con el orgullo por los suelos.

Landaeta, de 27 años de edad, un boxeador con oficio, ganó la pelea con limpieza pero la perdió bajo la mesa. El silencio mortuorio que manaba de la tribuna del Pacífico Yokohama en Yokohama, era la música de fondo de una derrota que todos vieron menos los sospechosos jueces extranjeros nombrados para calificar este combate.

Tres de los cuatro jueces vieron ganar al valiente y aguerrido chico japonés. Esos tres jueces tramposos deben estar gozando de una estancia privilegiada en Japón: hoteles cinco estrellas, paseos turisticos por Kyoto, Nara, Osaka, Kamakura y gastando los honorarios recibidos de un deporte que muchos vinculan con los negocios turbios de las organizaciones subterráneas.

De otra manera no se explica una pelea como ésta donde el ganador termina en la lona y el perdedor en la gloria.






miércoles, mayo 24, 2006

Los Estatutos de redaccion de EFE



El que esto escribe tiene mucho respeto por su oficio.

Noble profesión o vil oficio, según como se ejerza, el periodismo pasa por una seria crisis. Una crisis de valores. Se dirá que son los tiempos. Tiempos difíciles. Donde los mercaderes han tomado por asalto las Redacciones y se han apoderado de la noticia, del poder de la información, convirtiendo el ejercicio de la prensa en una transacción comercial al servicio de intereses privados o corporativos.

No hay nada peor que le pueda pasar a un medio que perder su credibilidad y con ella el respeto de sus lectores. Se olvida, muchas veces, que la integridad, la reputación, la credibilidad de un medio no es otra que la reputación, la integridad y la credibilidad que le proporcionan sus periodistas.

El panorama de la prensa es desolador. Ni el periodismo americano ni europeo escapa a una crisis que tiene más de ética que de estética.

En conducta la prensa latinoamericana tampoco le va a la zaga. La manipulación informativa durante el proceso electoral peruano ha sido escandalosa, es apenas un botón de muestra.

El periodismo no es bueno ni malo. Sólo hay periodistas mal formados y deformados por su vil ejercicio y periodistas que encuentran en él una posibilidad de servicio social y de bien común.

Por eso, vale reseñar y destacar el Estatuto de Redacción que los periodistas españoles de agencia EFE acaban de aprobar. Se trata de un Estatuto que establece un nuevo marco de relaciones entre el Consejo de Redacción, los representantes sindicales y la dirección de la empresa.

El jueves, 18 de mayo, los periodistas de la mayor agencia de noticias de habla hispana optaron por un estatuto que regulará sus normas éticas y profesionales. Con ello, según Alex Grijelmo, presidente de EFE, se abre una nueva etapa "en la que la manipulación informativa ya no es posible".

El Estatuto consta de 128 artículos, con capítulos dedicados a los derechos y obligaciones de los periodistas, la cláusula de conciencia, el secreto profesional, el tratamiento de las fuentes informativas y los derechos y obligaciones de la Dirección.

Su preámbulo destaca que, por su vocación de servicio público informativo, Efe "carece de línea ideológica, no transmite opiniones propias, sino noticias, crónicas, reportajes y análisis periodísticos, en cualquier soporte, basados en la veracidad de los hechos, la consulta de todas las fuentes, el rechazo de toda manipulación y el respeto a los principios éticos que rigen el protocolo de obtención y edición de información".

Sin duda, lo hecho por EFE es un acto que procura devolver al periodismo, algo que nunca debe perder: su decencia.



jueves, abril 20, 2006

Cortocircuito

Cada cierto tiempo (y cada vez con más frecuencia) un japonés hace cortocircuito y perpetra cosas espantosas como, por ejemplo, lanzar a un niño de nueve años desde el décimo quinto piso de un edificio multifamiliar.

El niño regresaba de la escuela con un compañero sin sospechar que al abrirse la puerta del ascensor se iba topar de narices con su verdugo.

Kenji Imai, de 41 años de edad, era un desempleado deprimido que había intentado, sin éxito, quitarse la vida. Ha confesado a la policía que sintió placer al oír el impacto del cuerpo del niño sobre la acera. Ver su crimen en la televisión le produjo un regocijo mayúsculo.

Pero había algo más. La necesidad de experimentar la sensación de matar. Algo que no le quedó muy claro con el niño, tanto así que a los pocos días y en ese mismo edificio, Imai intentó lanzar al vacío a la desprevenida anciana que se ocupaba de la limpieza.

Matar por el placer de hacerlo ya no es una novedad en las crónicas policiales de la prensa nipona. Hace algunos años, un adolescente se metió con un bate de béisbol en la vivienda de una octogenaria solitaria y le destrozó el cráneo.

El chico se había cansado de liquidar, destruir, eliminar en la pantalla de un vídeo game cientos y miles de monstruos, aliens, zombies y otras alimañas virtuales.

No se le debe echar toda la culpa a la industria de los juegos virtuales pero alguna responsabilidad tendrá en el efecto que pueda tener en la mente impresionable de un niño o perturbada de un adulto, incapaces de dilucidar la frontera que separa la realidad de la ficción. Antes de todas estas tecnologías no había tanto loco suelto, ¿o sí?

jueves, abril 13, 2006

Un domingo, 9





Como en el 2001, Lourdes Flores Nano volvió a repetir el plato en Japón. En esas elecciones presidenciales el que menos votó por ella, superando a Alejandro Toledo y al propio Alan García Pérez, con el que ahora disputa, curiosamente, el pase a la segunda vuelta palmo a palmo y voto a voto.

Lourdes obtuvo en Japón el 53, 3 por ciento de los votos; Martha Chávez el 14,8, Alan García el 7,7 y Ollanta Humala el 6 por ciento.

Lo cierto es que el 9 de abril último los peruanos en Japón prefirieron jugar casino con los naipes que le ofrecía la lidereza de Unidad Nacional, antes que jugar a la ruleta rusa con la pistola del favorito Ollanta Humala.

Aunque los fujimoristas en Japón fueron infieles con Martha Chávez, fueron sin embargo escrupulosamente fieles con el voto preferencial para elegir congresistas. Keiko Fujimori recibió el grueso de los votos, 2,375, seguido de Martha Hildebrandt, 699 y de Luisa María Cuculiza, 511. Las tres del partido del Chino, Alianza por el Futuro.

Sin embargo, las elecciones presidenciales peruanas en Japón estuvieron marcadas por el ausentismo. De los 21.000 peruanos aptos para votar, sólo concurrieron a las ánforas, más o menos, 10.000 de ellos, es decir, un 50,5 por ciento del electorado.

El restante 49, 5 por ciento prefirió quedarse en casa y disfrutar de ese soleado domingo haciendo otras cosas que formar cola frente a un ánfora o mancharse el dedo de tinta después de la votación.

La apatía de los peruanos en Japón es la misma desazón que experimentan numerosos peruanos en el extranjero, frustrados con la política canibal que se practica en el país que dejaron. Personas hastiadas que no se sienten representadas ni con los nuevos líderes ni con los políticos de los partidos tradicionales que desde hace 30, 40 o 50 años prometen el cambio, la transformación y hasta la utópica fundación de un nuevo Perú.

Bueno, esa gente prefirió ese domingo pagar la multa por no votar con tal de mantenerse lejos de la verborrea de Alan García, la fingida bondad social de Lourdes Flores y de las amenazas de pelotones de fusilamiento del comandante Ollanta Humala.




miércoles, enero 04, 2006

El TÍO







Cronicuento: entre la crónica y el cuento.






El olor a muerto convocó a los vecinos primero y a la policía después. Al irrumpir y tirar abajo la puerta vieron al muerto suspendido de una corbata anudada a una viga. Un nudo mal hecho pero efectivo. Había estado colgado, probablemente, dos semanas. En ese tiempo, como que el cuello y la espina dorsal se le había alargado de tal manera que la punta de los pies del muerto rozaba la estera de tatami.

La policía de homicidios no halló vestigios que hicieran pensar en un ajuste de cuentas. No había signos de violencia, objetos rotos, muebles desparramados ni sangre. La habitación estaba desordenada, revuelta y no por mano ajena sino por propia. El futón estaba a medio doblar, el televisor encendido y la luz del velador también. El desorden de la habitación más bien correspondía al caos que rodea al hombre solo incapaz de retener un afecto, lavar un plato o planchar una camisa.

Estaba muerto entre botellas de ron, vodka, whisky y latas de cerveza, los inútiles medicamentos contra la soledad. Y era tan desolada su soledad que nadie le había echado de menos y así hubiera permanecido hasta siempre sino fuera por el hedor que delata la vida cuando cesa y se descompone.

El cuerpo estaba algo hinchado y amoratado, tenía la barba y las uñas crecidas y un mechón canoso se le desparramaba de la sien hacia el ojo desorbitado y apagado. La lengua le colgaba como un pescado obeso y por el lagrimal del ojo se percibía el movimiento de unas diminutas larvas. Al lado del cadáver había una mesa de sala y encima una hoja y un lápiz. Antes de quitarse la vida, el Tío había escrito algo.

Un mes atrás, el Tío pasó la Navidad en casa de su sobrino Omar. Se apareció con varias cajas envueltas en papel de regalo. Las repartió entre los tres hijos de su sobrino. Un desprendimiento sospechoso tratándose de un hombre disipado, que nunca tenía dinero en los bolsillos y si lo tenía era porque se lo debía a alguien.

Ante el resquemor del sobrino, el Tío le dijo ofendido que los regalos habían sido adquiridos con dinero honesto, ganado tras duras jornadas en la fábrica. ¿Qué te crees? Y debía de ser cierto. No apestaba a alcohol, estaba impecable y sobrio. Vestía un traje azul marino, camisa blanca y no usaba corbata. Lo que le faltaba en vergüenza le sobraba en orgullo.

Durante la cena, el Tío sólo bebió agua y se llevó los alimentos a la boca con parsimonia y cuidado modales. Si fingía, hacía muy bien ese papel de abstemio. Porque alcohólico era. Y de los buenos. Hasta permitió que los niños, que tanto detestaba, jugaran al caballito sobre su espalda con lo huraño que era. Si alguna vez intentó ser simpático y agradable, esa noche lo fue aún a costa del lumbago que padecía.

Después de la cena, Omar prefirió no abordar algunas deudas pendientes con el Tío. Era Navidad y temía echar a perder el esfuerzo de un hombre hosco, amargado que esa noche quizá deseaba aliviar sus desdichas sintiendo el fuego de un hogar que había sido incapaz de formar. Porque el Tío, a pesar de sus cincuenta y dos años, era un chico que se negaba a crecer. Se había quedado varado en los años Setenta. Viviendo las nostalgias de su generación, cantando las canciones de los Rolling Stone, dejándose crecer las patillas, el bigotito y la barba a lo Jimmy Hendrix. Emulando el andar y las poses de James Dean en Gigante, o vistiendo las chaquetas de cuero, los pantalones vaqueros y los zapatos de tenis de los protagonistas de American Graffiti. Y sobre todo conservaba un visceral desprecio por todo lo que representara autoridad, un rechazo contra toda norma que suprimiera sus deseos o limitara su libertad.

Veinte días más tarde, cuando enero seguía vigente, una llamada telefónica les preguntó si eran parientes de un tal Samuel Uchida Navarro. Era la policía. Su muerte corrió como reguero de pólvora entre todos aquellos que le habían prestado entre 1000, 5000 y 10.000 yenes. Era muy hábil el Tío urdiendo dramas y desgracias. Había perdido la cuenta de las veces que había matado a su madre, a su abuelo, o las veces que le había dado cáncer a uno de sus cinco hermanos, primos o sobrinos. Eso le permitía organizar colectas en las fábricas, en las iglesias vecinas a las que se sumaban solidariamente hasta los obreros japoneses que dejaban sus donaciones dentro de unos sobres de difuntos. Cuando ya no había a quien pedir ni exprimir, el Tío emprendía la retirada. Cambiaba de empleo, de ciudad y si el préstamo era mayúsculo, mudaba de Prefectura por otra donde nadie supiera de él ni de sus artimañas.

Cuando Japón le quedó chico y ya no tenía a dónde ir ni a quién embaucar, al Tío no le quedó otra cosa que establecerse en un lugar donde su presencia no hubiera sido tan perniciosa. Eligió Kamakura, la ciudad de su sobrino Omar. Fue Omar el que le consiguió la vivienda, el trabajo y la posibilidad de enmendar y apaciguar esa natural disposición que tenía el Tío de vivir a costa de los demás invirtiendo en la empresa el más mínimo esfuerzo.

Antes de Japón, el Tío había vivido durante veinticinco años en California y allí había hecho de todo: repartir periódicos, lavar platos, servir mesas, cosechar tomates, embalar manzanas, barrer oficinas, pegar carteles, pasear perros, criar pollos, manejar un recolector de basura y hasta tuvo su fase lumpen como consumidor y micro distribuidor de cocaína en uno de esos hacinados vecindarios latinos donde residía. Un balazo en el culo mientras huía de unos malandrines fue el mejor aliciente que tuvo para abandonar la senda de las drogas. Cuando ya pudo andar y sentarse decentemente en una silla se metió en una academia y aprendió English. La calidad de sus empleos mejoró y hasta logró un puesto de corrector en un diario latino de propiedad de un mexicano fronterizo.

El Tío trabajó en todas las ciudades, pueblos y poblados que puedan existir entre Los Ángeles y San Francisco, huyendo como siempre de sus acreedores. Para despistarlos se mudó a La Florida donde tenía un primo que se ganaba el pan en Disneylandia disfrazado del perro Pluto. Allá, en Miami, se movió entre los periódicos latinos como corrector. El mundo del periodismo lo mantuvo alejado de todos esos oficios vinculados con el sudor y la fuerza bruta que tanto detestaba. Cuando ya no tuvo a quién pedir prestado ni dinero para amortizar sus cuantiosas deudas, el Tío abordó súbitamente un vuelo que hizo escala en Los Ángeles antes de remontar el océano Pacífico con destino a Tokio. Había llegado a sus oídos que Japón se había convertido en el nuevo Dorado para los descendientes japoneses latinoamericanos.

Conversador, dicharachero, pícaro, el Tío era la clase de gente que causa buena impresión y simpatía desde el primer contacto. Además, poseía el cínico encanto de hombre de mundo que guarda en el bolsillo la llave del éxito. Eso, sumado a una labia, a un palabreo de vendedor de cebo de culebra, hacían de él un seductor irresistible. Eso explicaba de alguna manera, el cómo y el por qué había logrado embaucar durante tantos años a tanta gente.

Una de las pocas cosas de las que el Tío se lamentaba era el no haberse casado a los diecinueve años con Margarita López, la hija de don Eleuterio López Páucar, un regidor de la municipalidad de La Victoria y dueño del Sportivo, una tienda de artículos y ropa deportiva.

La había embarazado pero don Eleuterio la hizo abortar porque le parecía que el hijo del chino de la esquina era muy poca cosa para su hija. Hasta le mandó la policía que llegó a su casa con una denuncia por seducir y violar a una menor de edad. Fue por esa razón que el Tío viajó, entre gallos y medianoche, a Estados Unidos cuando todavía era un mozalbete. Si no hubieran ocurrido estas cosas, tendría ahora un hijo de unos 25 años de edad y acaso hubiera envejecido decentemente detrás de un mostrador, oyendo y difundiendo los chismes del vecindario, bebiendo cocacolas, fumando Winston y despachando la mercadería en la tienda de abarrotes de su padre.

“No he vivido el día de hoy y voy a estar pensando en el día de mañana”, solía decir el Tío cuando alguien le increpaba esa vida díscola de eterno y tierno adolescente, de joven rebelde, contestatario, amigo de la noche, del trago, la rumba y las putas. Pero hubo una cosa que el Tío no había previsto y era el irremediable paso del tiempo. Los jóvenes, grupo al que creía pertenecer de una manera vitalicia, lo fueron marginando y desplazando hacia al grupo de los adultos mayores que peinaban canas, caspa, papadas y barrigas cerveceras. En la calle los niños le cedían el paso y el asiento en el autobús. Las muchachas de piel tersa, muslos bronceados y de recién estrenados encantos juveniles, ya no le tuteaban sino que le decían respetuosamente Señor a pesar de su pantalones vaqueros y sus camisetas ceñidas que dejaban ver sus desbordes abdominales.

Todos esos cambios los fue notando el Tío muy a su pesar. En los hospitales, los médicos duchos eran de su edad. Las jefaturas y mandos medios de las fábricas estaban ocupadas por obreros experimentados de su edad. Los políticos que entraban en encendidos debates en la Dieta tenían su edad. Los maduros y consagrados actores de la televisión japonesa tenían su edad.

La vejez no empieza, la vejez llega. Primero fue la visión. El oculista le dijo que tenía que usar gafas. Luego le apareció un lumbago y unos dolores en la espalda, una neuralgia producida por el desgaste óseo de la columna vertebral. En un examen médico anual de su fábrica los análisis de sangre y de orina revelaron colesterol elevado y principio de diabetes. También perdió un riñón. Fue cuando orinó sangre cuando se embriagaba en un karaoke. Se le sometió a ecografías y tomografías. El quiste era benigno y por precaución se le extirpó el riñón completo. El oncólogo le sugirió dejar de fumar y de beber alcohol. O hacerlo de una forma moderada. Ya, entonces, el Tío sufría de insomnio. Un cóctel de alcohol y pastillas para dormir le provocaron úlceras estomacales. Dejó los fármacos y se abrazó a las botellas para conciliar el sueño.

Estas recaídas y achaques fueron doblegando su salud física y mental, y él, que tenía el corazón más duro que una moneda de 100 yenes, empezó a sufrir depresiones cada vez más hondas y profundas. Cierta vez cayó en cama por culpa de una gripe. Nadie le echó de menos en la fábrica. Ni siquiera su sobrino Omar llamó por teléfono para indagar por su salud. Sus desapariciones, que formaban parte de su imprevisible conducta, no despertaban resquemor, porque, seguramente, debía dinero a alguien.

Los medicamentos, el alcohol y el tabaco fueron minando su virilidad. Ya no se iba de putas como siempre a Yokohama. Se dio cuenta que gastaba mucho dinero en una cada vez más breve y efímera erección. Además, se le ocurrió que todas las chicas hablaban a sus espaldas y se burlaban de él. Y eso no lo podía tolerar. Se le agrió el carácter, se volvió un hombre irascible, irónico, hiriente que por nada estallaba en cólera y otros incontrolables arrebatos. Un sábado por la noche, bebiendo cerveza con Omar, se puso a llorar desconsoladamente dentro del toilette.

-Tío, ¿está bien? ¿algún problema?, preguntó Omar.

El Tío salió del baño sin guardar el cuajo que le colgaba de la cremallera. Se lo miraba con pena y resignación.

-Ahora, sólo me sirve para mear.

Y así el Tío se fue cayendo a pedazos hasta quedar sepultado entre sus propios escombros. Se dio cuenta, mirando a su alrededor, que era la evidencia palpable del fracaso. Creía que había amado pero eso que llamaba amor no era otra cosa que el alquiler momentáneo de un cuerpo y de unas caricias. Miraba desolado los besos adolescentes de los parques, las oscuras caricias de los cinematógrafos, sentía cierta inquietud con las parejas maduras enlazadas de la mano caminando por las calles y procuraba quitar significado a la fidelidad de los esposos que aún en la vejez no perdían la pasión de la primera vez.

Detestaba el Tío, ya lo hemos dicho, la algarabía ruidosa de los niños. Era un odio gratuito, inescrutable. Le alteraba los nervios verlos saltar, reír y un momento después llorar. Se convenció de que había hecho bien en no traer hijos a un mundo que en su caso iba perdiendo color, intensidad, belleza, pasión, casualidad, misterio, encanto, embrujo, asombro, dulzura, ternura para mutar y tornarse doloroso, gris, monótono, absurdo, injusto, cobarde, traicionero, vengativo, envidioso, rencoroso, arbitrario, tiránico e impositivo.

Los días se convirtieron en una sucesión de sombras en las que se agazapaban crueles emboscadas de enemigos evidentes y ficticios. Para él, siempre había alguien que le quería hacer daño o que deseaba aprovecharse de él. Su relación con la gente era un trueque de dádivas y favores. Y no había otra regla que la astucia y el engaño ni fin más apetecible que un botín arrebatado sin un rubor en la cara.

Llegar al apartamento donde vivía y no ser recibido por una voz cariñosa, por la vital alegría de unos niños, por las manos de una mujer, por el perfume de un cuerpo ni por el olor de unos guisos como el que solía hallar en casa de su sobrino Omar, fue abriendo en su escondrijo una fosa de inmensa soledad en la que se iba hundiendo como un trozo de plomo que ha caído en el blando lodo de un pantano. Cuando la noche de Navidad se despidió de su sobrino ya había decidido poner punto final a la carta en la que dejaba constancia sobre una decisión de la que no se debía culpar a nadie.

-Hiciste bien en casarte -le dijo a su sobrino- Un hombre no debe estar nunca solo. El Tío se marchó llevando consigo los regalos que le hicieran durante la cena navideña.

Después, el Tío pasó por el bar filipino donde bebió y cantó karaoke hasta el amanecer. Las canciones de Elvis Presley, Frank Sinatra, Niel Sedaka o Paul Anka. La propietaria era su amiga y le permitió que durmiera hasta que se levantara y decidiera irse, cosa que ocurrió a las cuatro de la tarde. Según la policía, el Tío dejó el bar filipino a las cuatro y quince minutos aproximadamente y doce minutos después se asomaba en la licorería del señor Matsuda que estaba en el primer piso del edificio donde moraba. Con dos billetes de diez mil yenes, el Tío compró 32 latas de cerveza, tres botellas de whisky, tres de ron, tres de vodka, dos de brandy y varios paquetes de cigarrillos Mild Seven. Ni bien llegó a ese oscuro agujero que era su apartamento de hombre solo, se puso a beber sin apuro. Primero las cervezas y luego los whiskys, un vaso tras otro y una botella tras otra. Entre los regalos que le obsequió la familia de su sobrino Omar había un reloj de pulsera y una corbata de seda con la cara multiplicada de Micky Mouse. Probablemente, decía la pesquisa policial, al tercer día de tamaña borrachera el Tío tomó aquella corbata y se colgó dejando el televisor encendido y a nadie que le pudiera echar de menos.





martes, diciembre 20, 2005

Cruzó el puente






A los 79 años de edad falleció en Komaki, Japón, Abelardo Takahashi Núñez, músico y compositor peruano popular y fecundo.

Murió en el país donde nació su padre.


Nació y se crió don Abelardo en Ferreñafe, paraje de una milenaria civilización, lleno de embrujo, misterio y de hermosas mujeres.

Sólo una tierra así podía ser cuna de un hombre cuyas canciones poseían el embrujo, el misterio y porsupuesto la belleza de su tierra.


Sus canciones delatan a un hombre exquisito y sensible, empedernidamente enamorado de la vida y que supo cantarle a su gente y a su paisaje con sus propias palabras.

Tuve no solo la fortuna de estrechar su mano y oírle cantar en casa de su hija Katy y de su yerno Pablo, allá en Kanagawa, sino también de disfrutar su buen

talante y socarrón sentido de humor.

Se ha ido pero ha dejado un legado que los peruanos seguiremos cantando en el interin que separa la cuna de la tumba: "Que viva Chiclayo, "Engañada", "Con locura", "Ansias", "Embrujo", "Imaginación", "En punto de caramelo", "Angustia", "Crueldad", "Será mejor", "Mal paso", "Arrullo", "El beso", "Corazón de urpi", "El nuevo día", "Nuestra música se pasa". Además de 30 marineras norteñas, hermosas como "Sacachispas", "Severiano" o "El arenal".

Manuel Acosta Ojeda, otro notable compositor peruano, cree que el tema más hermoso que escribió Abelardo fue uno que tituló "El puente". Me sumo a esa apreciación.

"Al otro lado del puente
un nuevo cielo me espera
yo voy a cruzar el puente
aunque al cruzarlo
yo muera.

Allí las aves son libres
anidan en los laureles
hay rosales sin espinas
y los árboles no mueren
los ríos no tienen dueño
ni las montañas tampoco
todos aplacan su sed
bebiendo en la misma fuente.

¡Dígame si no hay razón!
¡Para que yo cruce el puente!"


Será enterrado en el cementerio de Ferreñafe al lado de doña Tarsila, su madre. Tal ha sido su última voluntad.


miércoles, noviembre 30, 2005

Carlos y la niña de Hiroshima






Los periódicos y la televisión japonesa amanecieron hoy con el nombre del peruano Carlos Yagi en sus titulares. Una semana antes, en la ciudad de Hiroshima, una niña de siete años de edad fue hallada muerta dentro de una pequeña caja de cartón, cuyas junturas fueron selladas con una cinta adhesiva adquirida en una tienda de 100 yenes o "hyakuen shop". Para que entrara en la caja el criminal debió "desarticular" el cadáver aún tibio.

La foto del peruano Carlos Yagi, de 30 años de edad, salta de noticiero en noticiero. Es el asesino.

Ante la falta de noticias concretas, los periodistas recurren a los testimonios de los vecinos.Una anciana dijo que se trataba de un "gaikokujin" (extranjero) raro, solitario y poco comunicativo. Otro testigo manifestó que le gustaba comer chocolate y contemplar, desde la escalera del "apato" donde vivía, a los niños que se circulaban por la calle en dirección a sus escuelas.

Carlos Yagi no hacia nada por la vida. Estaba desocupado y desde hace un mes buscaba un esquivo empleo.

Un reportero televisivo decía en su despacho remitido desde el frontis de la comisaría que la policía estaba convencida de que el asesino residía dentro del kilómetro perimetral donde ocurrió el crimen. Y no se equivocó. Yagi vivía a menos de 300 metros del lugar donde dejó abandonado la caja con el cuerpo de la niña. Luego huyó de Hiroshima y se instaló en Mie Ken, donde finalmente fue detenido a la 1 y 45 de la madrugada de hoy.

Mientras las investigaciones continúan, el móvil del crimen parece más que evidente. La policía ofrecerá al mediodía una conferencia de prensa que esclarecerá todas esas dudas.

Este es quizá la noticia policial más escalofriante protagonizada por un peruano. Hace dos años, otro peruano que le gustaba retar a los semáforos en la madrugada, embistió en un cruce de avenidas a otro coche matando a sus jóvenes ocupantes. Dos chicas japonesas.

Habituados a crímenes horrorosos de adolescentes degollados por otros adolescentes, crímenes que sólo suceden aquí, lo último que se esperaba que el asesino de la niña de Hiroshima fuera un extranjero, un trabajador peruano, un emigrante.

Ya son cinco o seis las llamadas telefónicas que he recibido en el curso de esta mañana. Compatriotas impactados con la noticia y a la vez preocupados por sus repercusiones.
En las fábricas niponas, ellos tendrán que responder por Yagi y por un asesinato que les salpica.



martes, noviembre 15, 2005

De sapos y princesas



Ella ha sido la única princesa que al besar a un sapo* se convirtió en plebeya. Se trata de la última hija del emperador Akihito. Se casó el 15 de noviembre con un tal Yoshiki Kuroda, un burócrata de 40 años de edad. La ceremonia se celebró por la mañana en el exclusivo hotel Imperial, en Tokio. Desde ahora dejará de ser la princesa Sayako y se presentará sencillamaente como la señora Kuroda.

Confinada desde que nació a una vida palaciega, se desconoce si sabe lidiar con una escoba o si domina el arte de freír un huevo. Acaba de sacar, a los 36 años de edad, su licencia de conducir. Meses atrás se ha venido entrenando para llevar la vida de una ama de casa común y silvestre.

Definitivamente, se le verá comprando carne de pollo, verduras y frutas en los super mercados, la veremos haciendo cola en los cinematógrafos o usando los servicios públicos a una hora punta, codeándose o pisando callos de otros pasajeros.

En Japón, besar a una princesa ya no garantiza que te vuelvas príncipe.

La vida de plebeya de la señora Kuroda le costará al país el pago único de 152.500.000 yenes, 1'284'643 US Dólar. Caramba, suerte la de algunos sapos.






(*)Se entiende que lo de sapo es una figura. No tomarlo al pie de la letra, aunque...


lunes, octubre 24, 2005

¿Qué está haciendo su hija?






Digamos que se llama Mariko. Tiene 16 años de edad. Estudia el segundo año de koko (secundaria superior). Todos los días sale de casa a las siete de la mañana y retorna a ella después de las diez de la noche.

Su padre es un oficinista y su madre empleada en un almacén en la periferia de Tokio.Sus padres creen que Mariko es una chica responsable. Aunque no tiene necesidad de hacerlo, después del colegio Mariko trabaja despachando comida rápida en un McDonald's o en un algún otro restaurante de ese tipo.

Muchos padres japoneses, tan atareados, creen que los hijos son como las plantas. Que sólo requieren un poco de luz y agua para crecer.

Si echaran un vistazo al ropero de Mariko se sorprenderían de hallar carísimos perfumes franceses, vestidos italianos, carteras y joyas de distintas marcas: Versace, Louis Vuitton, Yves Saint Laurent, Gucci...

Claro, no lo harán porque no tienen tiempo para los hijos.

Lejos de trabajar despachando hamburguesas, Mariko obtiene ese dinero prostituyéndose. En Japón llaman a esa transacción entre un hombre maduro y una colegiala, enjo kousai, algo así como relaciones de ayuda.

El enjo kousai apareció en Japón a finales del auge económico de los años 80. Las chicas, sobre todo de clase media, habituadas a un costoso nivel de vida proporcionado por sus padres, procuraron mantener esas comodidades cuando acabó el boom de la prosperidad, relacionándose con hombres maduros que podían satisfacer cada uno de sus caprichos.

En la actualidad estas muchachas candorosas establecen las citas con los clientes a través de sus teléfonos celulares o por intermedio de portales de internet.

El promedio que se paga por estas relaciones de ayuda es de 40.000 yenes, unos 350 dólares aproximadamente.

La cultura japonesa, la misma de la ceremonia del té, el ikebana y las geishas, enfoca el sexo de una manera distinta a la occidental y valoriza a la mujer aún por encima del hombro. Quizá por eso se muestra muy tolerante con estas prácticas sexuales con menores de edad.

Al caer la tarde, Mariko es una de tantas jóvenes que merodean por la estación de Shibuya con sus uniformes escolares tipo marinero. Se ha citado a esa hora con un cliente. Llevará el cliente un clavel rojo en la solapa. Ese será el distintivo. Después acudirán a un love hotel de las inmediaciones.

Años después, Mariko, bien casada y madre de dos niños, me contó que el cliente del clavel rojo nunca acudió a la cita. Al menos eso creía. Esa noche, al volver a casa más tarde que de costumbre, halló, mientras sus padres dormían, un clavel rojo en el tacho de basura de la cocina...



domingo, octubre 09, 2005

El ritmo del chino*





Fujimori no es músico ni coreógrafo. Carece de oído y en consecuencia de ritmo. Pero tiene la capacidad musical para hacer bailar a sus detractores al ritmo del chino.

Desorejado para la música, sin embargo, es un consumado ajedrecista que está siempre adelante en las jugadas contra sus adversarios. Cuando todos están de ida, Fujimori da la sensación de que estuviera de vuelta.

En Japón siempre se las arregla para hacer noticia. Sabe que hay una prensa atenta a sus movimientos. La usa, la manipula. Aunque se ha visto rozado por un estafador y por un fraudulento príncipe, Fujimori ha tenido en el alcalde de Tokio a su mayor vocero y admirador y en una escritora y exitosa empresaria, que finge de novia, a su millonaria protectora. Una rica protectora que le compra hasta las corbatas de seda y con la que ha tratado de espantar la sombra de que su exilio dorado no ha sido a costa de los lingotes de oro que le sustrajo al Perú.

Más allá de sacar roncha en Lima, su incursión mediática al consulado peruano de Gotanda, donde solicitó su DNI y recabó su pasaporte, permitió a Fujimori entrar por primera vez en contacto con sus compatriotas en Japón que formaban fila en la oficina consular. Ha comprobado, al recibir muestras de simpatías, que debe ser cierto que un 30 por ciento de peruanos votaría por él si mañana fueran las elecciones.

Eso refuerza su deseo de volver.

En todo caso, mientras Fujimori muestra una estrategia coherente, de "retorno", diseñado junto con su abogado César Nakasaki, el gobierno de Toledo da muestra de lo contrario. Esa inoperancia cierta o calculada del gobierno de Toledo por extraditarle sustenta esa hipótesis.

No son pocas las voces que han criticado la politización de la extradición de Fujimori. Hasta la anterior asesora legal de la embajada de Perú en Tokio retornó a Lima disgustada ante tanta descoordinación y desidia. Denunció que se carecía de una estrategia para extraditarle. Y así se lo dijo a la periodista Rosa María Palacios cuando la entrevistó en su programa del 17 de mayo del año en curso.

Denise Ledgard, una especialista en temas de corrupción y lavado de dinero, formada en una prestigiosa universidad inglesa, dejó Japón desencantada con una embajada que agotaba sus bríos enviando quejas, notas de protesta o cartas airadas contra toda universidad o burgomaestre nipón que osara emplear o hablar de Fujimori. Algo así como tratar de apagar un incendio con soplidos.

Su malestar le costó el puesto además de la ingratitud del ex canciller Rodríguez Cuadros, quien tras rechazarle su renuncia, le pidió que permaneciera en el puesto sin sospechar que al poco tiempo iba a ser cesada de sus funciones en Japón. Eso ocurrió en marzo de este año. Ledgard se guardó ese golpe bajo y si no hizo escándalo fue porque no quiso empañar el proceso de extradición de Fujimori que ella emprendió en Japón en el 2001 .

Por cierto, Fujimori ya tiene 67 años de edad. Se hace viejo y su apuesta es por el 2006. El cebo de las elecciones presidenciales despierta sus apetitos, como buen político, de poder y adulación. Inhabilitado por diez años, el 2012 lo convertiría en un candidato de 73 años. Y eso es demasido tiempo para un político que durante diez años se embriagó con el poder. Además, su tiempo en Japón se agota. Ya no puede seguir prolongando más su estancia en este país. Por más hijo o japonés que sea, Fujimori entiende y Japón también, que un hombre no puede seguir distorsionando las relaciones con un país por más pequeño que sea.

Cinco años han sido más que suficiente para que este individuo acusado de corrupción, malversación y de crímenes de lesa humanidad, y con orden de captura en más de 105 países del mundo, diseñe una estrategia que le permita reinsertarse en el sistema legal de su país.

Lo concreto es que Fujimori firmó su defunción moral el día que, entre gallos y medianoche, fugó del país para renunciar luego a la presidencia de su país, vía fax, sin ofrecer el pecho ni mucho menos dar la cara. Huir, como lo hizo, echó por tierra su obra política. La recuperación de una economía exhausta por una inflación astronómica, la estabilidad social que sobrevino con la captura de Abimael Guzmán y la desarticulación de Sendero Luminoso y el MRTA, además de la tranquilidad que proporcionó sellar la paz con el Ecuador.


Hay que admitir que el desprestigiado gobierno que lidera Toledo ha sido el mejor abono que ha servido para restituir la imagen vilipendiada del chino corrupto y fugado. En tanto, el baile del chino continúa sin que el Estado peruano presente una estrategia coherente que le estropee la fiesta y lo reúna con su compañero de fechorías en la base naval del Callao. En fin, de su lema político :"tecnología, honradez y trabajo" no queda ni rastro.







(*) Cumbia creada por Ana Kohler Esta canción acompañó al ex presidente Fujimori durante su campaña para ser reelegido en el año 2.000.

jueves, junio 23, 2005

Robot Guardián






La robótica es un área que fascina y seduce a los japoneses. Sony y Honda están a la vanguardia en esta tecnología. Cada año presentan versiones mejoradas de los prototipos de robots de aspecto humano que desarrollan sus laboratorios. Llegan con más habilidades, menor tamaño y peso. Sin embargo, ninguno de los dos se anima a producirlos en serie. Los costes de producción son exorbitantes y todavía no están al alcanze de sus mercados.

El único robot que se vende es el perro electrónico AIBO, de Sony, una mascota que se programa para que interactúe con su propietario.

Sin embargo, la pequeña firma nipona de robots ZMP ha sido la primera en lanzarse al mercado con un robot "humanoide" que no logra zafarse de su apariencia de juguete. El robotito de marras se llama Novo (*), diseñado para que sirva de guardián de casa. Se fabricaron 2.300 robots.

No se piense que se trata de un robot capaz de enfrentar a golpes o usar rayos láser contra una avezado delincuente. De ninguna manera. Novo mide apenas 35 centímetros y pesa 2.5 kilogramos. Basta una patada y un pisotón para dejarlo fuera de combate.

Se trata más bien un robot de vigilancia, de entretenimiento y porsupuesto, educativo. Es capaz de levantarse, caminar y responde a ordenes orales sencillas como "para", "gira a la izquierda", "gira a la derecha..."

La cámara digital que hace a la vez de cabeza del robot permite al dueño de este pequeño ingenio ver qué es lo ocurre en su casa desde cualquier ordenador o desde la pantalla de su teléfono móvil. También se le puede operar a control remoto, además está programado para bailar y tocar música.

Un diseñador, un coreógrafo y un fabricante de chips se juntaron para crear este robot. Los fabricantes dicen que Novo sirve también de adorno en la sala de una casa. Su diseño es agradable a la vista y constituye sin duda una pieza de lujo.

Lo de lujo es cierto. Novo está valorizado en 588,000 yenes, unos 5,400 dólares americanos.

Al paso que va la robótica, no será raro que dentro de algunos años acudamos al bar y pidamos una cerveza para nosotros y una copa de lubricante extra fino para el amigo robot.






(*) http://www.zmp.co.jp/e_home.html

sábado, junio 04, 2005

530







El 530 le recuerda a los japoneses el deber de colaborar con la limpieza de la ciudad. La pronunciación de estos números en japonés forman la palabra Gomi: Go (5) Mi (3) Zero (0). Es decir, "Gomi-0" o "Basura-0".

El domingo pasado fue en Japón el día de GoMi-Zero.

Muy temprano, cientos de personas se juntaron, formaron cuadrillas e iniciaron la limpieza de la ciudad: calles, avenidas o parques. Hombres, mujeres y niños vistieron ropas de faena. Mamelucos, guantes de tela, botas de jebe. Portaron bolsas de basura. Muchas bolsas de basura. Unidos, emprendieron las labores de limpieza sin otro premio que el sentirse orgullosos de tener su ciudad limpia.

Dicho en buen cristiano, no cobraron por esta labor que en nuestros países, al menos en Perú, lo realiza el servicio municipal de limpieza pública.

Entre las siete y las nueve de la mañana, divididos en pequeños grupos, iban a la caza de desperdicios, latas, revistas, papeles, colillas, recipientes plásticos de comida que peatones y conductores arrojan a la calle.

El día de GoMi-Zero no es un día que se improvisa. No se trata de gente que madruga y que se va a la calle a limpiar los lugares que se le ocurre. No. Todo está organizado. Ya se sabe la debilidad que tienen los japoneses de programarlo todo.

En la asamblea de vecinos se establece, con varias semanas o meses de anticipación, las personas que participarán ese día y las áreas donde operarán. Además de los vecinos, los chicos de los colegios, con la supervisión de sus maestros, se suman a la cruzada de limpieza. Una cruzada que cuenta con el apoyo logístico de los municipios que proporcionan los vehículos recolectores de basura.

Se estima que los seres humanos producimos por lo menos un kilo diario de basura. Si lo multiplicamos por cada habitante de la Tierra, la cifra de basura diaria resulta tan astronómica como agobiante*.

Las leyes que reglamentan la eliminación y el reciclaje de la basura exigen a los japoneses una selección de los desperdicios orgánicos e inorgánicos que producen y que deben ser arrojados en los contenedores en las bolsas de plástico que les corresponden.

En algunas ciudades niponas como Kamikatsu, en la prefectura de Tokushima, la basura se clasifica en 34 categorías. Pero, lo común es clasificar la basura en envases de aluminio, recipiente de plástico, vidrios, lozas, periódicos y papelería en general, baterías, etcétera.

Asimismo, las leyes obligan al consumidor pagar entre 2.000 y 4.500 yenes (entre 20 y 40 dólares americanos) para que pueda deshacerse de cierto tipo de basura d
oméstica: televisores, refrigeradores, lavadoras, microondas, ordenadores e incluso los muebles viejos del hogar.

Más paga el que más compra, el que más consume.

El primer vistazo que produce Japón es el de un país colmena, de ciudades apretadas, construidas por laboriosas abejas. Aunque impera el orden, la disciplina y la limpieza, no faltan lugares en los bordes de las ciudades, donde la basura es arrojada al amparo de las sombras.

Lugares descampados donde se pueden hallar neumáticos gastados, baterías de coches, motocicletas destartaladas, automóviles con las carrocerías oxidadas, sofás rotos, cocinas, alfombras agujereadas, bicicletas que la maleza devora en la primavera y que la nieve oculta durante el invierno.

Sin embargo, el grueso de la población tiene conciencia cívica y un arraigado sentimiento de grupo que les permite emprender juntos desafíos colectivos que demandan tareas como estas en sus pueblos y ciudades.

Después del 503, cuando la primavera cede su paso al verano, las asociaciones de vecinos emprenden, en todo Japón, la limpieza de sus propios barrios. Abuelos, padres, hijos y nietos se juntan con otros abuelos, padres, hijos y nietos con el fin de dedicarle una mañana al aseo del vecindario, empezando por las alcantarillas.

Mantener limpia una ciudad, colaborar con el reciclaje de la basura no sólo es un deber cívico sino también una responsabilidad social. La eliminación de los residuos que producimos se ha vuelto un calamidad. El hombre es el mayor agente contaminante de un planeta que tiene cada vez menos agua que beber y aire puro que respirar.

Y el 503 de los japoneses echa una manito a un planeta que está sucumbiendo a los excesos que trae consigo el consumo. Un consumo sustentado por el progreso, el desarrollo y la industrialización.






(*)Decimos esto sin sumar las miles de toneladas diarias de basura que producen las industrias en todo el planeta. Sólo EEUU aporta casi el 40 por ciento de los gases (dióxido de carbono) que viene causando el llamado efecto invernadero.





martes, mayo 17, 2005

Sumimasen, gomenasi





Cada vez que ocurre un grave contratiempo que afecta el prestigio de una compañía pública o de una firma privada o de cualquier otra institución, sus altos funcionarios, desde el presidente hasta el último miembro del directorio, da la cara y ofrece en una conferencia de prensa las disculpas que amerita la desgracia.

Después del mea culpa, el presidente de la firma secundado por sus funcionarios de más confianza, agachan la cabeza e inclinan el cuerpo unos 60 grados -cuanto mayor el grado de inclinación, mejor- en una clara señal de disculpa. Si hay congoja y lágrimas en alguno de ellos
se asumirá como auténtico el dolor que embarga a la compañía.

Hacer pública una disculpa como individuo o como miembro de un grupo es algo común en la sociedad nipona. Tan común como tratar de resarcir esa falta por los medios que sea.

Después del accidente ferroviario de Amagasaki que costó la vida de 107 pasajeros de la línea Fukuchiyama, los altos directivos de la Compañía JR West ofrecieron sus disculpas durante una concurrida conferencia de prensa.

Tuvieron que asumir como propio el error de conducción del inexperto maquinista que provocó el accidente.


Incluso, durante los funerales de muchos pasajeros, el presidente de la empresa se presentó en la casa de cada una de las víctimas para dar el pésame, rezar por ellas, pedir disculpas y porsupuesto exponerse a las ofuscadas recriminaciones de las familias enlutadas por la desgracia.

Hace algunos años esas mismas disculpas se oyeron en boca de un ministro de salud al que se le responsabilizó de la adquisición de lotes de sangre contaminada con el virus del sida. Su oficina autorizó la importación sin el debido control sanitario.

Japón es el país del "sumimasen", del "gomenasai", de la disculpa, de la solicitud del perdón. Donde el grupo o el conglomerado asume su responsabilidad por la falta cometida por uno de sus miembros inferiores.

Admitir el error, la falta es el primer paso para su enmienda con la aspiración de que no se vuelva a repetir.

Aunque esa expresión de disculpa, de perdón, se han ido desgastando, todavía conserva en esta sociedad su vigencia ética y moral.

Cuesta imaginar los cientos y miles de disculpas que nos deben en nuestros países de origen los que administran, legislan y dirigen los destinos de nuestras naciones. Funcionarios públicos y privados, empresarios, comerciantes que operan y sobreviven dentro de un Estado acosado por la corrupción, el soborno, la inmoralidad, el tráfico de influencias y la impunidad.

Cuantas disculpas nos deben los desatinos y los desaciertos cometidos por nuestros ministros de economía como las mentiras y las promesas electorales de nuestros mandatarios que se olvidan de ellas cuando asumen el poder.¿Aprenderemos como sociedad a pedir disculpas algún día? ¿Aprenderemos a admitir y enmendar nuestros errores?






martes, abril 26, 2005

El Sol Naciente del Dragón







La posibilidad de un asiento permanente en el consejo de seguridad de las Naciones Unidas y unos textos escolares ambiguos, donde los historiadores oficiales insisten en que Japón desplegó en Asia una guerra de liberación contra el colonizador Occidental, desató la violenta ola de protesta que hace pocos días sacudió las principales ciudades chinas.

Disturbios, ataques contra la embajada y consulados nipones, destrucción de negocios japoneses y hasta un boicot contra sus productos fue el saldo de un desencuentro que tensó una vez más las relaciones entre Tokio y Pekín.

Y es que sesenta y ocho años después de la "masacre de Nankin", China no olvida los desmanes del invasor. Sus tropelías. Y es que la incursión del Ejército Imperial en el continente chino durante la guerra sino-japonesa (1937-1945) fue brutal, sanguinaria. El saldo: 35 millones de muertos.

La masacre Nankin fue el episodio más terrible de esa guerra. Ocurrió en 1937 y se estima que en esas jornadas unos 300.000 soldados y civiles chinos murieron en manos del ejército japonés. Según testimonios, las víctimas fueron asesinadas en condiciones particularmente atroces, las mujeres violadas antes de ser ejecutadas, los hombres y los niños enterrados vivos o torturados. Después del saqueo, la ciudad fue incendiada.

En Nankin se erigió un museo del horror que impide a los chinos olvidar los crímenes de la soldadesca nipona.

Los violentos disturbios, el mutismo chino y su negativa de pedir disculpas a Tokio por los desmanes, habla a las claras de una nueva etapa en las relaciones entre ambos países. Mientras el Sol Naciente declina, el Dragón chino se sacude de su largo sueño y despierta.

Próxima a convertirse en una de las economías más dinámicas y prósperas del planeta, además de potencia militar, China ya le está quitando el sueño a Japón, le está provocando ansiedad a Europa y mucho insomnio a EEUU.

Si hace tres décadas era inaudible, China ahora levanta la voz, grita, exige, demanda. Si bien es cierto que Japón es su principal socio comercial, le disgusta su liderazgo. Detesta su influencia. Su postura. Lo que hace y hasta lo que omite.

Pekin lo quiere lejos de las decisiones y de las esferas de poder y demanda que su libros de historia cuenten la verdad. La verdad y nada más que la verdad. Nada de cuentos chinos.

Dentro de pocos años, China exigirá su lugar en la mesa del mundo. Ya lo dijo Napoleón hace casi doscientos años. Cuando el dragón chino despierte el mundo temblará.



martes, abril 05, 2005

Matrimonios y algo más






En 1989, el gobierno japonés modificó la ley de inmigraciones con el objeto de permitir que los descendientes de japoneses de ultramar, hijos (nisei) y nietos (sansei) pudieran establecerse y trabajar en Japón sin ningún tipo de restricciones.

Esa llave abrió las exclusas de la inmigración latinoamerica al Japón. Brasil, donde la colonia nipona bordea el millón de personas, y Perú, que supera las 100.000 personas, fueron los países que sufrieron la mayor sangría. Al cabo de dieciséis años la población nipo latina en Japón bordea las 320.000 personas.

La imperiosa necesidad de contar con una mano de obra barata y culturalmente afín sedujo a los que diseñaron esta ampolleta migratoria. Tenían en claro que por ser descendientes de japoneses no iban a causar conflictos sociales, étnicos ni religiosos. Tuvieron muy en cuenta la experiencia europea con los musulmanes y los africanos o la americana, con esos cientos y miles de latinoamericanos que cada día intentan cruzar el desierto que separa México de EEUU, y que al atravesarlo, no hacen sino aumentar las estadísticas de pobreza y marginalidad en las ciudades estadounidenses.

En todo caso, fue un flujo alternativo frente a las también necesarias migraciones de otros países del Sudeste asiático.

Con una economía en receso y con los números estancados, Japón ha trasladado ahora su producción a los países vecinos. Sobre todo a China, donde los costes de producción continúan siendo baratos.

Eso, sumado al incremento de la delincuencia, ha obligado a la oficina de inmigraciones ha adoptar medidas drásticas contra los indocumentados. Estableciendo penas y sanciones más rigurosas a los que los encubren o les dan empleo.

La única salida que tiene un ilegal para permanecer en Japón es casándose con un japonés. Sólo así tiene la posibilidad de poder regularizar su situación. De hecho, cientos de indocumentados han dejado las sombras de la clandestinidad al unir su sangre con la sangre de los nativos de estas islas.

Arturo, un peruano ilegal, ha sido uno de los últimos en pasar la dura prueba de demostrar a las autoridades que se caso con Miyako no por conveniencia o dinero, sino por amor. Los test y los interrogatorios, por separado, ha convertido a los oficiales de inmigraciones de Japón en cazadores de apariencias y mentiras.

Todas las preguntas son válidas incluso las que entran en el terreno privado.

Desde cómo vestía tu pareja cuando la conociste, pasando por fechas conmemorativas, el número de calzado, la talla de pantalón, los platos que más le gustan, el color preferido de ropa íntima o la marca de cigarrillos que fuma.

Basta que los datos de uno de los dos no coincida para acabar en el aeropuerto internacional de Narita esperando la salida del vuelo de la deportación.

Si la pareja tiene hijos, el panorama se facilita. No porque se ponga en duda la veracidad de su amor. Sino porque el fruto de ese amor es un niño destinado a engrosar mañana más tarde -todo depende de su inteligencia- la fila de esa mano de obra que tanto demanda un país como Japón que envejece con celeridad.

Si eres ilegal y consigues novia japonesa, no olvides de tomar apuntes hasta del número de lunares que adornan su cuerpo. De no saberlo, pones en riesgo tu sueño de emigrante.







sábado, marzo 19, 2005

1942 (*)











Mi abuelo, que se llamaba Kanekichi, estaba convencido de que Japón iba a ganar la guerra. Solía reunirse con sus paisanos en la trastienda, bajo la humeante luz de un lamparín de kerosene. Bebían cañazo, fumaban tabaco negro, chacchaban hojas de coca y tragaban porciones de arroz envueltas con algas deshidratadas que la abuela Tora compraba en el barrio chino. Entonces, mi abuelo y sus amigos, leían en El Comercio las últimas noticias de la guerra y desplegaban sobre la mesa del comedor un lastimado mapa mundial con el objeto de ubicar los lugares del fulminante avance del Ejército Imperial, que por aquellos días se desbordaba por todo el Sudeste asiático. Chocaban sus copas, brindaban a la salud del Emperador, entonaban desafinadas marchas militares que elogiaban el valor del soldado nipón durante la guerra ruso-japonesa, aprendidas quien sabe, cuando todavía eran niños o adolescentes.

Lo sé porque mi madre me lo contó. Ella tenía once años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Para mi madre, la guerra era algo que ponía contento al abuelo y a sus amigos. El mapa mundial abierto sobre la mesa sufría los dolores de esa algarabía. Estaba lleno de marcas de lápices; trazos ebrios que dibujaban nombres de lugares, fechas y reseñas de bombardeos, desembarcos y batallas.

Cada fin de semana, la pulpería del abuelo se animaba con esas presencias altivas y orgullosas. Más de uno de ellos se lamentaba de no estar con un fusil en el frente de batalla. Los que acudían a la trastienda del abuelo eran los amigos que conoció en el vapor, hijos de campesinos empobrecidos como él que se habían visto en la disyuntiva de emigrar por la crisis y la recesión económica de ese Japón emergente que por los años veinte pugnaba por un espacio en los mercados internacionales. Muchos de ellos tuvieron que vender o hipotecar sus tierras con la esperanza de recuperarlas trabajando en Sudamérica. Los amigos que acudían a la pulpería del abuelo eran hombres prósperos. Propietarios de restaurantes, peluquerías, florerías o relojerías.

Al cabo de quince años de vivir en Perú, con una esposa y cuatro hijos (tuvo siete) el abuelo Kanekichi, que había desempeñado diversos oficios, soñaba con volver después de que Japón infligiera una rotunda derrota a Estados Unidos y a sus aliados.

-Cuando acabe la guerra regresaremos a Japón y después, con toda la familia reunida,viajaremos a Singapur. Es un lugar con grandes oportunidades de negocios- solía decir el abuelo en la mesa familiar.

Cinco años antes de que se desencadenara la guerra, el abuelo había enviado de vuelta a las dos hermanas mayores de mi madre para que se educaran como auténticas japonesas.

Después de la batalla de Midway y Guadalcanal, las cosas se pusieron de veras muy feas para Japón. Una derrota siguió a la otra y así sucesivamente. Perú se alió a los Estados Unidos y el hecho de que dos o más japoneses se reunieran equivalía a un posible complot amarillo. Por precaución, el abuelo quemó el mapa mundial y los fines de semana el lamparín de kerosene dejó de encenderse. En los periódicos, Japón seguía perdiendo la guerra.

El abuelo sintió mucho temor de que pudieran repetirse los saqueos en Lima de los negocios japoneses del año 1940 y le angustiaba el hecho de ser el próximo deportado a los campos de concentración de Estados Unidos. Dos de los amigos que acudían a la trastienda habían sido detenidos y no se sabía nada de ellos. El abuelo tuvo que sobornar a la policía para que no se metieran con él. En las noches no pegaba el ojo por miedo a que los vándalos asaltaran su propiedad. Incluso, antes de las confiscaciones logró, por un influyente amigo peruano, retirar del banco veinte años de ahorros. Esa fortuna la entregó a un vecino de su absoluta confianza que luego desapareció con todo el dinero.

El abuelo murió en 1958, a los 69 años de edad, sin conocer Singapur. Lo enterraron en Ñaña, a las afuera de Lima, al pie de un cerro pelado y pedregoso. En los años sesenta, mi abuela Tora viajó a Japón poco antes de las Olimpiadas de Tokio. Fukushima, su aldea, era una ciudad próspera y totalmente desdibujada en sus recuerdos. El Tren Bala corría por primera vez por el esqueleto renaciente del país. Todo era muy rápido. No se habituó la abuela Tora. El reencuentro con sus hijas mayores estuvo atiborrado de silenciosos reproches. Quizá, por eso, la abuela volvió a Perú, al jardincito que cuidaba con esmero más allá de la trastienda, en un patio abierto desde el cual se podía divisar a lo lejos, el cerro y el cementerio donde dormía para siempre el abuelo Kanekichi.

En los años noventa emigré a Japón y pude conocer a Chie Ito, la hermana mayor de mi madre muerta. Era una anciana frágil de rostro endurecido. Del español solo recordaba la palabra "chirimoya". Sólo recordaba un pasaje triste y doloroso que se le quedó grabado en el alma.

-El barco levantó anclas y cuando se empezó a alejar del puerto, (El Callao) vi a tu mamá correr por el muelle con los ojos lleno de lágrimas. Recuerdo como batía su manita. La tía Ito Chie se puso a llorar y yo también.





(*) Una crónica familiar del autor.

martes, marzo 15, 2005

Crónica de una muerte anunciada





A veces la televisión nipona te sorprende con reportajes inauditos. De esos que tocan fibra. Que te estremecen. Que te arrancan las lágrimas con facilidad.

Supongamos que tienes 38 años de edad. Un empleo de esos que te permite rentar un apartamento en Hawai frente al mar, mantener un coche importado y una esposa maravillosa además de educar a cuatro hijos estupendos a los que les enseñas a correr olas los fines de semana. Allá, en la meca de las olas.

Sin embargo, un día vas al médico por un simple resfrío y sales del hospital con un diagnóstico fulminante: cáncer terminal. Un cáncer que se te metió por el estómago.

Lo siento, no te queda ni un año de vida, advierte el médico.

De eso versó el documental televisivo: la crónica de una muerte anunciada.

El conmovedor documental dura dos horas.Takeshi -por darle un nombre al protagonista- nos cuenta como era su vida antes de que se le manifestara la enfermedad. Fotos y vídeos nos muestran a un mozalbete de piel morena por el sol y una musculatura forjada por las olas. Nos cuenta que por las olas huye de Japón y recula en Hawai. Y allí, entre la playa, el mar, los amigos y los atardeceres, conoce a Akemi, otra apasionada de las olas.

No pasa mucho tiempo. Se casan en el mar de frac y vestido de novia blanco sobre una tabla hawiana.

Y así el documental va alternando pasado y presente. Background le llaman. Pasamos de los vómitos de sangre, las hemorragias, las idas y venidas al hospital, al ayer idílico, al ayer de dos padres primerizos que esperan como un milagro la llegada al hogar del primer hijo.

A sabiendas de que va a morir, Takeshi escribe un libro. A sabiendas de que va a morir, acepta ser grabado hasta el día en que ha de ser incinerado y sus cenizas arrojadas al océano.

A medida de que se va acercando el final, Takeshi nos confiesa sus esperanzas y temores, nos habla de los sueños que pudo realizar y de los sueños que quedarán inconclusos. La cámara lo muestra escribiendo sus memorias en un ordenador. La cámara muestra a Akemi llevando la cruz de ese calvario.

Los que diseñaron el documental no dejaron ni una abertura. Todo está registrado y editado. El miedo, la alegría, las angustias, el llanto y la esperanza.Takeshi y Akemi tienen cuatro hijos: una adolescente de trece años, un chico de once, otro de nueve y el más pequeño de cuatro años.

Mientras el deterioro físico de Takeshi se hace evidente cada día, ellos van preparando a sus vástagos de una manera simple y sin dramatismo -como deben decirse las cosas- que la separación es inminente y que la muerte no es un atropello contra la vida sino su natural y último renglón. Se ven secuencias de Takeshi con sus hijos en la orilla del mar. Corriendo olas. Incluso, en una secuencia, se observa a Takeshi en la playa con una enorme cicatriz en el abdomen. Una cirugía que no pudo detener el implacable avance de su mal.

En la media hora que resta del especial, se le ve a Takeshi en Japón. Ni los últimos avances tecnológicos pueden siquiera retrasar el desenlace. Y retorna a Hawai.

Todo, absolutamente es real. Los mocos, las lágrimas, la risa y el milagro de creer en la esperanza.

La agonía de Takeshi después de todo resultó bella, hermosa. Llevó su cruz con valor y dignidad. Con una sonrisa. Ha querido que sus hijos lo recuerden así. Sin llantos ni maldiciones en la boca.

Por último, un viaje de visita final a los amigos. Reuniones aquí y allá con los más íntimos en céntricos restaurantes. No pueden evitar el llanto. El amigo se les muere y no lo pueden evitar.

La madre de Takeshi ha llegado de Japón y le besa. Takeshi no le puede retribuir el beso. Yace en el ataúd rodeado de flores. Los familiares, los amigos cercanos rezan y lloran de cara al cajón. Los hijos de Takeshi depositan más flores. Papá no está muerto. Parece dormido, parecen decir.

En un yate, frente a la costa, la madre y la esposa arrojan las cenizas al mismo mar que Takeshi tanto amo. No contento con fondear sus cenizas en el agua, los camarógrafos acompañan a la viuda hasta el apartamento, hasta la cama vacía del difunto aún tibia de recuerdos. Y allí la sientan.

Probablemente, los réditos del libro y del documental televisivo permitirán que la viuda y los hijos de Takeshi puedan vivir cómodamente por algún tiempo. Quien sabe, puede que tengan asegurado los estudios en una universidad. En esta época no solo puedes vender tu alma sino también tu muerte.